Aquí parece que vaya a acabarse el mundo, o al menos es así como queríamos creerlo. Los días en que el cielo está despejado porque ha llovido, se vislumbra con claridad durante la madrugada la línea del horizonte: vasto, oscuro, sobrecogedor, funesto augurio de las noches de insomnio eterno que quedan por morir.
Como en cualquier aldea de la costa, en los inviernos la humedad se siente hasta en las venas y la tristeza se adhiere a sus habitantes como una sanguijuela rabiosa, que igual que ella deja una leve pero imborrable cicatriz.
Desde el mar parece que un ejército de luciérnagas enormes haya ocupado el pueblo las noches en que el faro no funciona y las linternas de los pescadores brillan con excesiva intensidad. Es por eso que las gentes que viven cerca y los hombres de la mar la conocen como "la aldea de las luces". Nosotros siempre atribuíamos -aunque nunca nos atrevimos a preguntar- este nombre a un guiño al Siglo de las Luces, puesto que pocas veces hemos visto en la Península un pueblo tan agnóstico y tan increíblemente aferrado a la razón.
La iglesia es el lugar predilecto de diversión para los críos, ahí juegan y parodian al antiguo capellán que tan sólo daba la misa para tres personas, las únicas que acudían casi cada domingo. Aquí a los niños se les permiten los gestos obscenos hacia la Virgen o el Cristo y las blasfemias, reprimidas de vez en cuando por la mirada severa de sus padres, nada más.
Rechazan cualquier tipo de superstición y los niños nunca tienen pesadillas; en la aldea de las luces no hay monstruos, no hay brujas, no hay duendes perversos, déjate de chorradas María, en esas cosas sólo creen los ignorantes y los pequeños y tú no eres ninguna de esas cosas así que duérmete ya. María sonríe y se duerme.
No sé si recuerdas que fue precisamente aquí, en un bochornoso y delirante agosto cuando tú perdiste la fe en mí y yo me perdí en el caos infinito de las palabras, como siempre. Todavía recuerdo la expresión con que me mirabas después de nuestra discusión, supe que definitivamente había apagado tu llama y que no te despedirías. Ni siquiera me besaste -si es que alguna vez lo hiciste- y ni dejaste una nota, como suele pasar en cualquier ficción. Ahora lo entiendo, yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar porque estabas atemorizada por la demencia que exhalaba por cada poro de la piel a causa de mis excesos y porque te atormenté con mis manías, con mis palabras cáusticas: nunca me hizo falta tocarte para apuñalarte.
Me temías y eso se notaba en tu forma de hablarme y en algunas ocasiones incluso cuando respirabas, no sabes cuánto me repugnabas entonces. Eras tan débil tan frágil tan cobarde; detrás de tu semblante serio y maduro se escondía una cría que se refugiaba en su peculiar exilio del mundo. Pero yo te necesitaba a ti para acabar conmigo porque yo no soy valiente ¿entiendes ahora la paradoja de la cual no podía escapar? Eras mi única salida.
Ahora no sabes cuánto siento todo el dolor por el que te hice pasar, siento haberte anulado, siento haber borrado la luz de tus ojos en esta aldea maldita, en este pueblo de las luciérnagas que me ha condenado a recordar tus ojos ceniza. Pretendía que acabaras tú con la tarea que había empezado yo auto destruyéndome, porque por aquel entonces me obsesionaba el pensar que la única forma de alcanzar la perfección, la humanidad, era oprimiendo y eliminando el yo.
Pero tú eras demasiado buena y me querías demasiado y eso no lo supe ver, nunca supe reconocerlo, y ese mismo día las rocas arañaron tu piel de luna, tu corazón de niña, tu alma cristalina, y las aguas se confundieron con tu sangre. Lo que no sabes es que yo estuve ahí, pequeñita, yo estuve ahí y lo vi, te vi liberarte desde lejos y no quise impedirlo, ni siquiera lloré porque yo lo deseaba profundamente, quería que te fundieras con las olas y te entregaras a ellas, en cuerpo y alma, si no ibas a ser mía nunca más. Estuve observando durante un par de horas tu cadáver, siendo sólo carne, que no es más que nada. Piel de cartón, corazón de cuervo, alma ceniza.
Tuve que montar una escena para que no pareciera que el crimen lo había cometido yo -aunque yo sí era el asesino- y ves, en este pueblo que a ti tanto te inquietaba por la aversión que sentían hacia cualquier acto religioso pudimos enterrarte, junto a los niños -así lo pedí, tu cuerpo merecía estar entre los más puros- y nadie pidió explicaciones, ni siquiera vino la policía.
En el momento en que decidí instalarme a vivir ahí para pasar unas vacaciones permanentes, los habitantes me empezaron a mirar con una tristeza infinita. Al principio creí que se debía al fatal incidente porque era evidente que éramos pareja, pero al cabo de unos años entendí que no era de eso de lo que se compadecían.
Nadie me lo ha dicho, pero intuyo que las luciérnagas esconden un terrible secreto. Algunos de ellos, cuyos familiares han fallecido por decisión propia -hay un índice de suicidio muy elevado-, siguen aparentando treinta, veinte, cincuenta años cuando en algunos casos deberían tener el doble, el cuádruple incluso.
En la aldea de las luces no hay monstruos, no hay brujas, no hay duendes perversos: hay muertos vivientes. No envejezco, mi niña, no lo hago. Y no sabes lo terrible que es esperar mi verdugo cada noche y que nunca llegue. Condenado a este insomnio eterno, a este terrible pasar del tiempo que ya no me pertenece, a ver el sol que me huye a cada día que pasa. Sólo espero el último tren que me lleve o me arrolle, por toda la desdicha a la que te sometí. Pequeñita, último aliento de mi vida, mi amor, perdóname por haber permitido que te perdieras entre los vastos y funestos ojos negros de la libertad.
___________________________________________________________________
(*)He partido de de la idea un mini relato que escribí hace poco, por eso -si hay alguien que me lee- puede que reconozca cosas que ya escribí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario