La noche se arrastra y agoniza como un perro moribundo. En la ciudad las estrellas no brillan, las callejuelas se retuercen, huelen a embriaguez y a orina.
Me encuentro entre dos contenedores, que me protegen y con los que es posible confundirme. Quienes pasan por aquí creen que sólo soy una bolsa de basura. No se equivocan mucho.
Ahora dirijo la mirada hacia el inicio de la calle, oigo pasos. Provienen de dos Torres de Babel sostenidas por unos zapatos de tacón que deben superar los diez centímetros, sobrios, negros, caros. Los tobillos son perfectos, finos, y las rodillas recuerdan a dos suaves y sólidas piedras de agua dulce. Lleva una gabardina ajustada negra, no veo si lleva falda. Imagino que no lleva nada debajo; le veo el pecho voluptuoso y el culo firme, magnífico.
Tiene el pelo largo, carbón sedoso, que le esconde el rostro, y a pesar de que el sol empieza a imponerse, unas grandes gafas de cristales oscuros le tapan los ojos. Debe tener un nombre exótico, que al pronunciarse evoca el paraíso perdido, la Edad de Oro, la belleza absoluta e imposible. Al hablar sisea; invita al hombre al abismo de la tentación, del deseo incontrolable, de la carne.
Intento calmarme, no quiero asustarla, soy un caballero, pero tengo que follármela. No recuerdo haber estado nunca tan excitado, estoy nervioso como un adolescente antes de echar su primer polvo. No quiero hacerle daño pero no me puedo controlar, no puedo, es superior a mí. Es una oportunidad única, por estas calles ninguna mujer como ella se atrevería a andar sola. Cuando está a mi lado -aún no sabe que respiro por ella-, me levanto bruscamente, agarro su brazo con fuerza y ella grita.
Estoy agarrándola por la cintura y con la otra mano le tapo la boca. La huelo, y eso me provoca aún más; no ha dormido sola, huele a sexo y a sudor. Le doy la vuelta y a causa del forcejeo se le caen las gafas y nuestras miradas se cruzan. Ha conseguido liberarse de mi mano y ha gritado. Ahora sé que es lo que me ha sorprendido cuando la he oído por primera vez.
Sólo escucho su respiración acelerada, se aleja de mí y se ríe un poco, casi diría que con perversión. En mi semblante se dibuja el horror y el asombro, el asco y la fascinación. Le falta algún diente y tiene un moratón en el ojo izquierdo. Pómulos angulosos, nuez del cuello prominente y la barba empieza a asomar.
Me enseña las palmas de las manos y murmura “diez”, no dice nada más. Mientras espera algún tipo de respuesta, se agacha de espaldas a mí de forma grotesca para recoger sus gafas. Vuelven a cruzarse nuestras miradas y yo tan sólo asiento. Me coge de la mano y me dejo llevar hasta un callejón cuyo olor ahuyentaría hasta a la más repugnante de las bestias.
No es una mujer, pero lo amo como si lo fuera, no importa. No puedo juzgarlo. Los dos somos fruto de esta amarga e infinita incertidumbre, donde los recuerdos de la vida se funden como la melodía que se acerca a un final inevitable. Somos hijos de esta noche que agoniza, sólo somos las sombras del sueño de un borracho.
1 comentario:
excelente
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