jueves, 6 de enero de 2011

telarañas

A veces uno se observa ante el espejo y la imagen que se refleja es la de un muñeco impedido de verbo y de gesto, con un porte trágico y patético, feo, ordinario, deplorable. Hasta la ciudad toma un matiz desolador: el cemento parece más oscuro, el cielo dañino y las arquitecturas se yerguen con rudeza. Uno se ve sumergido en un maremoto de tribulaciones que le enturbian incluso el vestir, sin saberlo o sabiéndolo se confunde con el medio, que se le antoja gris y mezquino.

Se camina con sonrisa viperina y los colmillos de licántropo asoman por inercia. El animal en el que uno se ha convertido no entiende de causas, tampoco de fines. Por eso el andar se vuelve entre errante y resolutivo: es la hambruna de la desesperación, lucero en las sombras del que no está dispuesto a ver.

En este punto es cuando uno empieza a rugir y las calles por donde ha transitado se llenan de pieles muertas: su cadáver. El ambiente se impregna del horrible olor a inteligencia agonizante y se mezcla con el de la vileza e ignorancia ajena.


Y esa es la sensibilidad mal entendida.


Lo que uno no ha parecido advertir es que la ciudad y las gentes han seguido siendo las mismas. El cemento no ha variado. Los edificios tampoco. El medio parecía gris porque cuando uno se encontraba con un escaparate, veía a un individuo gris que le regalaba una sonrisa viperina, en la que asomaba un colmillo de licántropo. Se ha reconocido en aquel personaje y en un arrebato de rabia ha vulgarizado a toda su especie y a sí mismo.

La próxima vez lávate bien la cara antes de mirarte al espejo y quizá así evitas las telarañas en los ojos y el pensar.

1 comentario:

Der Steppenwolf dijo...

¡já!

Maldita sea, eres buena, tía.

Y sí, lavémonos bien la cara antes de mirarnos.