Hay un muerto que está en mi alfombra y me dice cómo hay que ser feliz.
Me pide sangre me pide piedras me pide lagrimillas pa' comé.
Así le nutro, así le ayudo, porque de tanto sufrir no se es.
Y siempre tiene hambre, tiene sed, que no le basta con su pena.
¡Qué muerto más grande, y qué guapo, y qué fuerte!
¿No lo sabes tú? Que mi amor,
es el que más llantos genera.
Pero mi muerto sigue triste,
que no le basta con mi cena,
por eso ha decidido
apoderarse de mi lengua.
Me dice que necesita
un puñal con que matar
que así es como la penita
pronto se le va a acabar.
Yo no sé,
yo ya no digo,
yo quisiera hablar.
Pero un muerto triste y solo
la conciencia me va ahogar.
Yo no sé,
yo ya no digo,
sólo quisiera constatar
que esa penita que le di con amor
es la que me va a matar.
Yo quisiera,
poco antes de acabar,
que se diga
que el querer así no es de verdad.
La atención es el camino hacia la inmortalidad;
la falta de atención es el sendero hacia la muerte.
Los que permanecen atentos no mueren;
los negligentes son como si ya estuvieran muertos.
Dhammapada, 21
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