viernes, 4 de abril de 2014

La mala literatura

El poeta o el escritor, qué más da; el artista en general, tampoco escapa el "filósofo", cree redimirse. Y es una lástima, pues algunos artistas excepcionales han tenido la capacidad de plasmar lo más oscuro de este valle de lágrimas con lo que parece ser un gran talento. Digo que es una lástima porque alguien debería explicarles que no hay sublimación posible si uno está muerto, si uno es ignorancia. 

Alguien dijo: "de los buenos sentimientos nace la mala literatura".

Mala literatura, buena literatura, qué más da. Si uno ha abierto los ojos pasará delante de un Munch sin inmutarse; leerá a T.S. Eliot o a uno de estos que ha abanderado la angustia y probablemente bostece; y qué tiernos serán la poesía de Pizarnik y el París de Baudelaire. ¿Qué mérito tiene plasmar con exactitud lo que todos conocen tan bien? Alguno dirá que no se trata de mérito, tampoco de lo cercana a la realidad pueda llegar a ser la obra. Se trata de algo más sutil, se trata de ir y ver más allá, de agarrarse a la vida con las entrañas y al mismo tiempo rechazarla con cada poro de la piel. Algo así (tampoco lo sé, no soy poeta).

Pero es que al pobre, ¡pobrecito!, poeta o escritor, al artista en general, también al filodoxo, le han educado para amar y odiar su oscuridad, para que la exprima hasta que reviente, y de hecho algunos son tan hábiles y perseverantes que al final revientan los huesos contra el suelo. Porque en realidad, mala literatura, buena literatura, qué más da. ¿No es asombroso, incluso mágico, no es genial (en el sentido que gusta a los poetas) que uno de ellos sobresalga por expresarse desde el despertar? ¿No es esa la verdadera revolución? ¿Acaso no es muy radical? Radical como vuelta al origen y, como retorno a lo auténtico, radical como rompedor.

Tanto el analfabeto como el mayor de los eruditos saben qué es la ceguera. Quizá el segundo podrá comunicarse con mayor precisión, aunque probablemente eso tampoco signifique nada (al fin y al cabo, ¿denotan algo las palabras de un invidente?). Tristeza, melancolía, resentimiento, celos, orgullo, avaricia: embriones de la creación artística y filodóxica e hijos de una misma tríada que nos gobierna desde tiempos sin principio. Resulta innegable que esta tríada (odio, apego e ignorancia) ha sido muy útil: la presencia del poeta aquí, después de siglos a la intemperie, es prueba de ello. Pero seguir agarrándose a su progenie no tiene nada de bello, bueno o verdadero; más bien, tiene mucho de cavernícola.

Interesante, ¿verdad? Porque uno diría que el neandertal y sus circunstancias nunca ha sido temática destacada entre artistas y filodoxos. 

1 comentario:

Roman dijo...

Esto es lo más parecido al dharmapada moderno que he leído alguna vez