Hemos escrito tantas cosas, que al final hemos olvidado que el papel se quema con el fuego, se pudre en la tierra y se diluye en el agua. Hemos escrito tantas cosas, que simplemente han sido eso: palabras, literatura. Hemos olvidado que se tacha, que se borra, que jamás ha significado nada, que nunca se ha sustentado en nada sólido. Cuando en realidad, y sólo en realidad, el andar se hace andando. Aunque nada asegure que haya suelo al siguiente paso. Porque nada, absolutamente nada, asegura que haya suelo al siguiente paso. De hecho nuestra realidad -si es que tiene sentido hablar de ella-, es una expresión contundente de lo imperecedero e inasible. Ni siquiera el ahora existe, ¿o es que hay alguien que lo puede estrujar entre sus manos? Ni siquiera eso. Las fauces de samsara nos están siendo reveladas continuamente, ¡no hay engaño ahí fuera! Hay engaño aquí dentro, en este dentro que en esencia no es nada. Lugar incómodo, vértigo que todo lo abarca. Sin embargo, hay una manera, y es la única que tiene sentido: es la única capaz de transformar sarvam dukham. La propia de los hijos de los budas, que practican así: diestros en equilibrismo.
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