domingo, 17 de mayo de 2009

 

Hace tiempo que me encuentro en un océano de lodo.

Hay corrientes nauseabundas que me alejan de la tierra sólida y del aire. En momentos de debilidad me hundo, intento patalear e impulsarme hacia arriba con los brazos, pero ya no sé si es que el limo me inmoviliza o es mi piel que se está fundiendo con la mierda. Pero cuando mis venas son cieno y mi corazón empieza a dormirse es cuando me aferro al último aliento de humanidad que me queda y grito -y trago lodo-, respiro -e inhalo lodo-, y mis dedos ennegrecidos vuelven a sentir la libertad, aunque ya no pueda ver porque el peso del fango me ha cerrado los párpados para siempre.

Pero todavía me mantengo a flote.

Pactar un armisticio, dejarse llevar o permitir el hundimiento supondría admitir la negación de la vida. Por eso estoy empezando a convivir con el medio; le he declarado una guerra irrevocable. Porque aunque la luz se haya teñido de barro aún sigo respirando.

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