viernes, 4 de enero de 2013

El argonauta

Nosotros surcamos las aguas marinas en busca del refugio, hace mucho tiempo ya. Son tantas las lunas que nos acompañan, que los más ancianos aseguran llevar varias vidas navegando. Partimos en busca del antídoto para el veneno que aquejaba a toda la patria y a nosotros mismos. 

Desde entonces han llovido muchos infiernos, muy adentro, más allá de la carne, donde se oculta la conciencia. Hasta que empezamos a ver. En la gramática del océano el singular resulta incomprensible y los dualismos y definiciones sólo sirven como sepultura. Abandonaste tu hogar, ahora llega lo difícil: despójate de la caverna. Abraza la muerte con firmeza: te hará hombre. Está en todas partes, pero en ningún lugar se apodera del presente con tanta viveza. Ella es la mejor atalaya. Evócala al levantarte, al acostarte, al dudar de ti mismo, si alguna vez tu determinación mengua. Su aliento es tan cálido, te mostrará cuál es el camino, por y para qué decidiste zarpar.  

Si algún día las aguas y el cielo se confunden con tu soledad, recuerda el lucero del alba. Cuando sientas tu tierra lejana y tu alma esté exhausta, no tengas miedo. Que la voz de la marea no te inquiete, que su horror no te derrumbe. Tú ya tienes piel de sal: no vas a ahogarte, álzate argonauta, conoce la verdad. El mar es el dibujo de un todo evidente a los ojos de quien ha aprendido a ver. Las olas que marchan, ejército incansable, no son más que tu reflejo y el nuestro. Entiende que es el vigor con el que se te presenta la interrelación lo que te espanta: asúmela, y amarás a tu raza como a tus hermanos. Es la expresión contundente del poder y la sabiduría ocultos los que te abruman: despiértalos en ti, y los despertarás en tus hermanos. 

Atrévete a ser lo que ya eres, argonauta. Oleaje de luz, protector infatigable.  



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